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De Madrid al cielo

El origen de la expresión no está del todo claro, aunque tiene tres posibles orígenes:

  1. El alcantarillado de la capital y las pestes naturales de un lugar superpoblado hacían que la gente dijera que lo mejor de la ciudad era el cielo que la cubría. Por eso se decía “de Madrid, el cielo”. Esa coma lo hacía todo.

         Pero entonces llegó el rey Carlos III y renovó la ciudad -razón de que haya una hermosa estatua ecuestre en Sol de una Villa agradecida. La ciudad quedó tan bien y tan bonita que era una antesala al paraíso. Los madrileños quitaron la coma y le dieron un significado nuevo a la frase De Madrid al Cielo.

  1. Los vecinos de la Casa de Campo vieron que unas luces que surgían de la Villa alcanzaban la esfera celeste. La leyenda surgió “eran almas del purgatorio que subían al cielo”. No eran luciérnagas. Por eso De Madrid al Cielo.
  2. En el siglo de Oro, entre las múltiples poesías apareció una donde, en una estrofa, se leía y proclamaba de Madrid al Cielo.

Posiblemente el origen de la expresión es una mezcla de las 3 cosas, aunque es posible que una de ellas pesara mucho más que las otras.

 

¿Qué es este sitio?

A través de ilustraciones esperamos aumentar tu formación cristiana. Sí, la cosa es acercarte a ese Dios al que tienes poco menos que abandonado.

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Ilustrada como si fuera un cómic.

Texto original.

Llegué aquí por casualidad pero la encíclica me convenció. ¿Es posible vivir del amor? Ahora entiendo que sí.

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Tomás Ocaña (Conductor)

Mis padres son muy religiosos, pero yo siempre me dije atea. Leí Deus Caritas Est por ellos. Y me convertí.

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Pilar Ramírez (Secretaria)

El Papa Francisco en el ángelus como si fuera un cómic

Virtudes del madrileno

El madrileño es un bicho especial dentro de la fauna humana. Lo creo así porque en la Villa se viven y promueven unas virtudes que están muy orientadas hacia lo divino.

  1. Un madrileño es alegre y generoso. El habitante de la Gran Ciudad no aguanta bien las caras grises y enseguida anima al tristón -algo que se relaciona con otra de sus virtudes.
  2. Un madrileño es abierto y optimista. Y es que como hay pocos gatos en la ciudad, la gran mayoría la componen gente que ha venido de otros lugares de España. Uno llega a Madrid como inmigrante y se siente bienvenido. Muy bienvenido. El origen puede ser cualquier pueblo de Castilla o más allá, como Membrilla, Cantalejo, Arrecife, Santiago, Murcia, Málaga… y no importa el pasado sino el futuro. Todo está por hacer. Eso es optimismo.
  3. El madrileño no está atado al dinero. Esto puede parecer una exageración que roza la mentira. Y es que una gran ciudad como Madrid promueve un gran egoísmo. Cada uno mira por lo suyo. Sin embargo, cuando hace realmente falta el madrileño sabe ser desprendido. Aun en la crisis que vivimos, el dinero NO es lo más importante para el capitalino. Hay casos; por ejemplo,  puede ser que a aquel no le alcance para el taxi o no se pueda pagar el hirviente café con leche en su totalidad. Entonces el madrileño se enfada rápido -especialmente cuando le tocan el bolsillo- pero se desenfadada también rápidamente. Es especialmente comprensivo ante la picardía.
  1. El madrileño hace reír. Una vez, sentado en un vagón de metro, unas doñas hablaban entre sí. El resto de viajeros no perdiamos ápice de su conversación porque era una charla enormemente divertida. Otras veces, el del bar te sirve el cafe acompañado por un comentario jocoso. Pero también es el vecino que pasea al perro. O puede que sea el que te vende el billete de metro mientras dice “no somos nadie” (en esa frase hay una complicidad muy madrileña y un cariñoso guino)

Madrid durante la guerra civil

Durante la Guerra, la capital paseó por el Infierno. También pasaron cosas terribles por casi todos los pueblos de la geografía hispana, donde el vecino se volvía contra el vecino y los hermanos se disparaban desde distintos bandos.

Pero lo de Madrid fue especial. Se distinguen tres fases fundamentales durante la guerra:

Primera fase

En una primera época, se produjeron atrocidades contra los religiosos en Madrid. Esto suponía un sufrimiento especial no solo para los destinatarios de aquella violencia sino para todos aquellos cercanos a ellos (una parte importante de los madrileños era amiga o familiar de alguna víctima).

Segunda fase

En segundo lugar, Madrid tuvo un comportamiento heroico en su resistencia al alzamiento. Y fue en aquellos días cuando se hizo popular el “no pasarán”. La actuación sobresaliente de la Villa provocó la admiración internacional y chuleó -muy al estilo de Madrid- a los que habían prometido su ayuda pero habían dejado a Madrid en la estacada. ¡Ahí va eso!

Tercera fase

El siguiente y último capítulo en este drama no es tan patente como los otros, pero es especialmente traumático. Y es que en el siguiente embiste las tropas de Franco sí que entraron en la Ciudad. Las cosas habían cambiado y lo que se encontraron asemejaba al Madrid pre-Carlos III, donde lo mejor de la Villa era su cielo y aquella maldita coma marcaba la diferencia (De Madrid, el cielo).

Cuando entraron las tropas ya el Gobierno de la República había huído a otra ciudad. Y la miseria de la antiguamente opulenta ciudad era sorprendente. Los que antes se habían enorgullecido del no pasarán ahora decían por dentro ”que pasen, que pasen de una maldita vez y que se termine este infierno”. Los cabecillas emigraron, corrieron tras el gobierno o fueron presos. ¡Cuántas amargas despedidas! ¡Cuántas amargas peticiones! Los que antes se decían anti-fascistas ahora tenían que ser más papistas que el papa, tenían que levantar el brazo más alto que ninguno (para el saludo fascista)  y, sobre todo, tenían que guardar sus pensamientos.

Podemos imaginarnos una madre despidiéndose de su hijo. Aquel parte para las américas. Y no esperan verse nunca más en esta vida.

Algo así traumatiza a los que lo viven, a sus hijos y a sus nietos. Algo así dura mucho.